Martes, suena
el sonido más odioso del mundo: mi alarma del móvil, 6 y media de la mañana.
Mi
habitación en completa osuridad, me
levanto, subo la persiana y veo mi primera imagen del día: la calle completamente vacía y aun de noche, con alguna farola
encendida que permite ver cómo cae la lluvia.
Mi habitación, ya con la luz encendida, mi cama deshecha, mi hermana dormida
en la otra cama y la ropa preparada sobre la silla para vestirme y prepararme
rápidamente.
Un zombi en el espejo del baño.
La mesa de la cocina con el mantel
de colores, mi taza de cola cao y mis cereales.
Salgo a la calle y voy hacia
la parada de la villavesa. Árboles cuyas ramas se mueven con el viento, el cielo azul oscuro y con la luna aun presente.
Una señora
paseando a un perro diminuto. Los dos se protegen de la lluvia, la señora con
un paraguas rojo y el perro con un chubasquero de cuadros.
Me monto en la
villavesa, en su interior unas cuantas
caras soñolientas y silenciosas, pocas sonrisas.
Una chica sentada que me llama
la atención: el pelo rojo, unos cascos verdes fosforitos, sudadera naranja,
pantalones azules y zapatillas negras. Parece un arcoíris.
Gente con paraguas
andando por la calle, que se ven a través del cristal empañado por el que se deslizan cientos de gotitas de agua.
Una niña rubia con un lazo granate y un abrigo que casi la entierra, sentada sobre su madre, escribiendo su nombre con el dedo en el cristal.
Por
fin llego a la universidad. El parking
con apenas diez coches aparcados, y un cielo en el que empieza a amanecer.
Entro
en la facultad, los pasillos vacíos a
esas horas excepto algunos alumnos de mi clase que se dirigen al aula. Somos
los únicos afortunados que entramos a las 8 de la mañana.
El aula 13 con sus mesas en forma de U y los alumnos sentados en los
mismos sitios de siempre. Algunos hablando entre ellos, otros mirando a un punto fijo con la mente en
otra parte, posiblemente aun medio dormidos.
La misma situación hasta las
11 menos cuarto cuando al fin somos libres. Otra vez los pasillos de Fcom, esta vez llenos de grupos de gente
hablando o dirigiéndose a algún lado. Una mezcla de colores,caras y expresiones. Salgo
de la universidad.
Un coche rojo parado
en la calle, con mi madre dentro mirando el móvil, esperándome. Me monto en
el coche y vamos a casa.
Entramos en una panadería. En el mostrador un montón de bollos,
pasteles chucherías y panes de toda clase, con las luces que se reflejan el
cristal sobre ellos, y un niño mirándolos fijamente con cara de hambre.
Vamos
hacia casa, mi madre se encuentra con
una vecina y se paran en medio de la calle a hablar. El hijo pequeño de la
vecina hace lo que a mí me gustaría, le agarra de la pierna y le estira para
que se despida de una vez y poder irse.
Entramos
en el portal, mi madre saca las llaves para abrir la puerta de casa pero no
hace falta, porque mi hermana de 4 años ya ha oído el ascensor y ha corrido a
abrirnos. La puerta de mi casa con mi
hermana asomada, solo se ve su cabeza y nos está sonriendo.
Conseguimos que
nos deje entrar. Mi hermana en brazos de mi madre achuchandola como si no la hubiese visto en diez años, mientras me mira por encima de su hombro y me saca la lengua. Por fin en casa.
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